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MALVINAS
Un correntino recuerda cómo se hundió el Belgrano

Corrientes, 02/05/2008 fuente: Diario El Litoral

Desde el ‘81 Guillermo Cunha integró la tripulación del crucero que el 2 de mayo del ‘82 fue hundido por dos torpedos ingleses. Estaba descansando de las guardias intensas y en la oscuridad pudo salir a cubierta. Tras dos días en balsa fue rescatado.

Guillermo contó su experiencia en el Belgrano.

Guillermo CunhaEL DATO
La posición del buque era latitud 55º 24’ Sur, longitud 61º 32’ Oeste. Es decir, fuera del la zona de exclusión. La temperatura sobre la superficie del mar era bajo cero.

LOS NÚMEROS
323
fue el total de muertos en el hundimiento del Belgrano del total de 1.093. Al menos 270 perecieron de en forma inmediata.

POR GUSTAVO LESCANO
DE LA REDACCION


A sus 49 años, la vida de Guillermo tiene tres fechas de nacimiento o sobrevivencias, según apunta en su calendario personal. Lleva como segundo nombre De Jesús por haber llegado a este mundo un 24 de diciembre, víspera de la Navidad; pero también sintió que nació de nuevo en el hundimiento del crucero Belgrano durante la guerra de Malvinas, ocurrido hace exactamente 26 años.
Una década y media después el hombre volvió a esquivarle a la muerte en un gravísimo accidente que sufrió como operario de la Dpec. Lo dejó en sillas de ruedas pero que no melló su concepción sobre el valor de la vida.
Guillermo de Jesús Cunha fue un correntinos que estaban en el crucero hundido fuera de la zona de exclusión el 2 de mayo de 1982, en una oscura tarde en la que murieron 323 argentinos.
El ex marinero sobrevivió al naufragio y en una extensa charla con El Litoral recuerda los momentos de incertidumbres tras el impacto mortal de los dos torpedos ingleses; como también las largas horas de tormenta y frío en la balsa salvavidas hasta que los rescataron. Fueron casi dos días de navegar a la deriva en un mar furioso y extremadamente helado.
“Fue como nacer de nuevo”, resume 26 años después Guillermo, clavando la mirada y con una expresión que parece revelar que en su mente se le amontonan las escenas de esos días en que volvió a la vida.
Cuando ocurrió lo del Belgrano ya tenía experiencia en la Fuerza Armada. Cunha ingresó a la Escuela de Suboficiales en el ‘77; durante el año siguiente fue movilizado en un buque por el Conflicto del Beagle, hasta que en el ‘81 lo designan como integrante de la tripulación del crucero Belgrano.
El comienzo de 1982 lo encontró con 30 días de trabajos intensos sobre los motores del barco para dejarlo prácticamente a nuevo. No era una tarea extraordinaria pero tampoco tan frecuente, por lo que al menos fue un indicador de que “algo podría pasar”, dice.
Efectivamente llegó el 2 de abril y la guerra estaba en el umbral. Ese día el Belgrano permanecía en puerto como el único barco argentino sin estar preparado. “Las semanas siguientes fueron de intensos movimientos para dejarlo a punto y para completar la capacidad máxima de tripulación: de los 900 rutinarios se pasó a los 1.093”, especificó Cunha.
El 26 de abril partieron de Ushuaia y el correntino viajaba como uno de los maquinistas de popa. “Nuca estuvimos en la zona de exclusión”, resalta y agrega que “siquiera llegamos al límite, sino que navegábamos en los alrededores de la Isla de los Estados y el Canal de Beagle en patrullaje de control y eventualmente apoyo a otras naves”.

Cosas del destino

Guillermo Cunha vivió dos situaciones preparadas por el destino, o la suerte o Dios. En principio se habían modificado los horarios de guardias de maquinistas al estar uno de los tres efectivos con problemas de salud. Después, el haber estado justo en una zona del crucero que no fue afectada por los misiles y sus consecuencias.
En la madrugada del 2 de mayo estuvieron en alerta máximo con toda la tripulación en sus puestos hasta las 11 de la mañana, cuando se ordena levantar la medida. Guillermo continúa luego su guardia hasta el mediodía, en una grilla que fue modificada con la incorporación de su colega recuperado del problema que lo aquejó.
“Me fui a dar un baño y después me acosté la siesta hasta que llegara el momento de retomar mi puesto”, recuerda. Mientras descansaba en una de las camas de la cuadra ubicada en la mitad del Belgrano, un minuto después de las 16 lo despierta de golpe el primer impacto de torpedo, hacia la popa, que frenó en seco la embarcación. Apenas cuatro segundos después explota otro proyectil en la proa y el crucero comienza a escorarse rápidamente.
“Me desperté de un salto en plena oscuridad y de inmediato me vestí y tomé mi equipo de vacunación que estaba en la taquilla. Fue todo automático, sin momentos de caos, porque estábamos acostumbrados con tantos entrenamientos para actuar en esas situaciones de emergencia”, reflexiona en el presente el correntino.
“En esos momentos no se piensa en nada y uno se mueve por instinto en la oscuridad”, acota e insiste una vez más en que la inclinación del barco se hacía más notoria. En esas circunstancias “logré subir a la cubierta principal y durante el trayecto no habían escenas de confusión y desorganización. Mientras, nos decíamos que salgamos con calma, que hay tiempo y que no nos desesperáramos. Eso ayudó mucho”, indica.

Hombre al agua

En la cubierta Guillermo toma posición cerca de la balsa que le correspondía y allí se encuentra con varios colegas más. “Hasta ese momento no sabíamos qué había pasado, pero sí que era algo muy grave”, afirma.
“Permanecimos varios minutos en cercanías de nuestra balsa hasta que el comandante nos da la orden de, primero, bajarlas y un tiempo después de abandonar el barco”, relata. Cada bote tenía una capacidad de 20 personas y en el que subió Guillermo había unos 15 marineros. “Al descender el grupo, fue inevitable caer al agua, porque era una tarde oscura, de fuerte vientos de más de 100 kilómetros por hora y una interminable llovizna. Pero por suerte pudimos subir todos y para que pudiéramos salir con la balsa optamos por cortar las cuerdas que la unía con las otras, como formando una sola cadena”, cuenta sin hacer un alto para tomar aire.
Al tiempo que se alejaban del Belgrano, en su intimidad le rendían tributo a la mole que, inclinada, se despedía de ellos exactamente una hora después de haber sido atacado.
En el pequeño bote con una carpa en medio permanecieron en soledad, mojados y casi congelados, hasta que en la mañana del 4 de mayo avistaron un avión que sobrevolaba el área. Cerca del mediodía, casi sorprendidos, se toparon con la proa de un barco de rescate. Apenas podías caminar sobre la cubierta pero sabían que el fin de la odisea había llegado.
Ese fue el renacimiento de Guillermo Cunha. Ese fue el momento que cambió su vida para siempre.
Después vendría la recuperación en el continente, un regreso a Corrientes por apenas 15 días y la reincorporación a la Armada que duraría hasta diciembre de 1982. “Renuncié cansado por las decisiones tomadas por las autoridades del momento, con mucha bronca pensando cómo el Gobierno militar no nos decía la verdad y la ocultaba. Cuando supimos todo lo que había pasado fue traumático”, dice con un gesto de dolor.
Hoy, a 26 años del hundimiento del Belgrano, el marinero que sobrevivió a la catástrofe no deja de destacar el valor de la vida y a ella se aferra.

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