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EX COMBATIENTE CUENTA LA GUERRA QUE VIVIO EN ARTILLERIA
Tomás no puede olvidar el terror en las caras de los soldados en retirada
Corrientes, 31/03/2008 - fuente: Diario EL LITORAL
Fue el momento más dramático. “Si no paraban era una masacre”, dice el ex
soldado saladeño. Estuvo en el Grupo de Artillería 3 de Libres que protagonizó
intensos bombardeos para resistir el avance inglés. “Muchos oficiales dejaron
solos a los soldados”, recuerda.
A
26 años de Malvinas, Bordón repasa los días de guerra.
POR GUSTAVO LESCANO
DE LA REDACCION
“Venían de retirada en una larga fila, como ovejas, con los ojos desorbitados y
el terror en sus caras. Estaban como perdidos: los proyectiles caían cerca pero
seguían su marcha sin tirarse cuerpo a tierra”.
Esa escena de las horas más caótica en la guerra de Malvinas parece conservarse
con claridad en su mente. Los rostros del miedo pertenecían a desgastados
soldados de una primera línea argentina que quedaba desbordada por el avance
inglés y el abandono de varios oficiales.
El correntino Tomás Bordón los veía pasar y comprendió que el final era
inevitable. Momentos después lo confirmaría cuando les ordenaron que dejaran a
un costado las municiones de cañones que habían recolectados para seguir dando
batalla.
El fin de la guerra era un hecho para una tropa devastada por tanto frío,
hambre, muerte, bombas y terror.
A 26 años de la guerra el ex combatiente nacido en Saladas relató su historia en
las islas, donde formó parte de la artillería que daba apoyo a la infantería en
la zona cercana a Puerto Argentino.
“Si no se paraba, era una masacre”, subraya Tomás, mientras esa aterradora
imagen descripta parece que aún la tiene enfrente, como proyectada en una
pantalla de cine.
Y no deja de hablar de ella. “Parte de culpa de esa terrible situación también
la tienen los jefes que en esos momentos los dejaron solos”, afirma en una parte
de la extensa charla con El Litoral.
En 1981 Bordón era un menudo muchacho que trabajaba de albañil y había hecho un
curso de mecanografía para enfrentarle a la vida en la capital correntina. Allí
estaba entre fratachos, ladrillos y cemento, cuando lo convocaron para hacer el
servicio militar. El destino lo llevó a Paso de los Libres, más precisamente al
Grupo de Artillería 3, Batería “A”.
El último día de marzo del ‘82 todo estaba listo para ser dado de baja, pero le
ordenaron permanecer en el Ejército para ir a Malvinas. Pasaron dos días y les
confirmaron el posible viaje a las islas, información que recibieron del
entonces jefe de Grupo y uno 20 años después jefe máximo de la fuerza, Martín
Balza. De él recuerda que “era muy piola”.
El jueves 8 de abril fue frenético en preparativos y al otro día partieron al
sur. Era un Viernes Santo cuando salieron en tren hacia Bahía Blanca y fue una
noche de martes 13 cuando las tandas de soldados comenzaron a partir en avión
hacia Río Gallegos. Tal vez por superstición esperó hasta los primeros días del
miércoles para abordar la nave.
Días de guerra
Apenas aterrizaron los subieron otra vez a los aviones, pero esta vez con rumbo
directo a Malvinas. Del aeropuerto de Puerto Argentino fueron destinados a
instalarse con los cañones cerca del poblado, en un terreno desolado y azotado
por el frío y la llovizna.
“Las raciones de comida alcanzaba para todos en esas primeras semanas, pero en
plena guerra apenas comíamos algo una vez por día y teníamos muchísimo frío”,
recuerda el ex soldado.
Desde la madrugada del 1º de mayo comenzó a sentir el rigor del conflicto,
cuando las tropas inglesas empezaron el ataque. Había terminado su guardia
nocturna y no alcanzó a llegar a su refugio cuando se desató un bombardeo
infernal.
“El cruce de bombas continuó siendo intenso cada día y entre el 8 y 14 de junio
se registraron los más cruentos combates”, relata casi sin parar para respirar
hondo. Durante ese período “disparábamos mañana, tarde y noche. Prácticamente no
dormíamos”, resalta y luego especifica que “en esos momentos me encargaba de los
polvorines, llevando municiones a los cañones”.
Describió que al hambre se le sumaba un movimiento intenso y jornadas de mucha
tensión y fuego cruzado. “Estábamos con miedo pero lo controlábamos”, indica.
En la mañana del 14 de junio dieron la orden de alto al fuego y después se
comenzó a sacar a los heridos. “Pero antes ya estaba mal la cosa y veíamos cómo
estaban en retirada los infantes con cara de terror y abandonados a su suerte”,
señala.
Balsa mismo le comunica la rendición y los felicitó por el desempeño.
Después vendrían los días como prisioneros, pasando por una senda minada de
cascos y armas que lo llevó al lugar de campamento donde aguardaron, con más
frío y lloviznas, el momento de abordar el buque inglés “Canberra” que los trajo
al continente en el final de la pesadilla que luego seguiría para muchos ex
combatientes en la oscura posguerra de olvido.
Tomás volvió a Saladas y al poco tiempo se radicó en la ciudad de Corrientes con
su esposa Rita Corrales, con quien hoy tienen en total siete hijos y dos
pequeños nietos.
A 26 años de la guerra, se característica entre pares y amigos por su permanente
sonrisa y anécdotas que contagia la risa. Pero el rostro de Tomás se petrifica
cuando habla del conflicto y -sobre todo- de las profundas secuelas que afectan
al sector por tantos años de abandono estatal.
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