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Corrientes, 02/04/2007 - fuente: Diario El Litoral
LA DURA LUCHA DIARIA DE CONVIVIR CON LAS SECUELAS
Correntinas que ganan combates al lado de sus esposos ex soldados
Claudia,
Leonida, Marta y Rita son esposas de sobrevivientes de la guerra que acompañan a
sus maridos en la lucha contra las secuelas. Hablaron de sus experiencias en
donde la contención familiar fue fundamental.
Gran parte del reconocimiento, los veteranos encuentran sólo en la mesa
familiar.
EL DATO
Cada 2 de abril, los ex combatientes recuerdan la fecha como si fuese el
primer día de batalla. “Ese día nos reunimos toda la familia para apoyar a mi
marido, ese es su mayor reconocimiento”, manifestó Claudia, esposa de un ex
soldado.
MARIANA BLANCO
DE LA REDACCION
Cuatro mujeres luchan día a día con el recuerdo de la guerra de Malvinas, y
pese a que nunca pisaron el suelo de las islas viven las consecuencias del
olvido. Son las esposas de ex combatientes que buscan ganar en simples gestos
cotidianos las batallas contra las secuelas del inmenso dolor que sus maridos
callan.
La fuerza y la ternura convergen en las almas de estas madres de familia que
tienen en común ser esposas de veteranos de la guerra más contemporánea que
afrontó el país, la de consecuencias que aún se palpan en la piel de más de 800
grupos familiares correntinos, como el de Marta, quien tiene dos hijos, el mayor
de doce y la pequeña de cinco años. Su marido, Froilán Valenzuela, combatió en
uno de los puntos más feroces de la isla, la zona de los cerros, donde el
hambre, la angustia y el frío le provocaron una enfermedad que hoy afrontan
gracias a la contención familiar.
Marta fue testigo de las penurias físicas y anímicas que su esposo acarrea desde
Malvinas. No sólo la esposa de Froilán acompañó la lucha cotidiana de un ex
combatiente: sus vecinas Leonida y Claudia también son el sostén de sus maridos
en los momentos de debilidad. Ambas viven en el barrio Fray José de la Quintana,
donde gran parte de la población son ex combatientes.
“Ser mujer de un ex soldado es complicado, pero a la vez el orgullo es inmenso”,
manifestó Claudia. Su marido, Néstor, de la Infantería de Marina se trasladó
velozmente hacia la isla. Aunque entrenado, a sus 18 años la vida no lo había
preparado para el combate. El es uno de los dos veteranos oriundos de Santa Ana
que sobrevivieron.
Por su parte, Leonida y Juan Cáceres estuvieron 25 años juntos y para él “la
familia significó una doble contención”. Con las manos inquietas ella señaló que
“cuando lo conocí sabía que era ex combatiente y de manera natural Malvinas
formó parte de nuestras vidas, como si fuese una etapa más, como si le
preguntase por su infancia”.
La naturalidad que el conflicto adquirió en una familia, dista en el seno de los
Miño, donde el trauma post guerra afectó a gran parte del grupo familiar. No
sólo Guillermo fue víctima de la falta de asistencia, su esposa Rita, con fuerza
y ternura pudo afrontar las secuelas físicas y psicológicas de su marido pero
también fue presa de la depresión. “Todos sufrimos Malvinas”, manifestó la mujer
con sus manos sobre las de su marido.
Tiempos de guerra
Marta y Froilán, con 17 años de casados, se conocieron en 1983 a través de la
hermana de él, Norma, quien fue su compañera de secundaria y mejor amiga. “Nunca
me imaginé que me casaría con un ex combatiente, en mi mente sólo los veía como
personas aguerridas”, contó Marta con una sonrisa que revelaba su inocencia.
Cuando ella cumplió doce años, el conflicto era una noticia que escuchaba por
radio. El era un joven de 18 años que debía almorzar ovejas crudas y cocinar
tortas fritas sin sal en el casco de su compañero. Ella, contribuyó con
alimentos que juntaba en la escuela primaria que serían destinados a los
soldados, destino que nunca se cumplió.
Similar situación la vivió Leonida, que con angustia tejía sacos en los tiempos
en que Juan sufría principio de congelamiento por patrullar sobre cañadas con un
pantalón y una campera de tela y algodón. “Su abrigo no era el adecuado para el
clima”, indicó la mujer y el ex combatiente señaló que “ni siquiera teníamos una
muda de zapatos”, en la planicie donde “nos olvidamos hasta de la figura del
pan”.
La impotencia también fue parte de Claudia, quien es madre de dos chicos. Si
bien ella era una niña de diez años durante la guerra, más tarde ésta sería una
temática constante y vedada en la relación con su esposo. “Aunque estuvo en la
Armada el sufrió igual que sus compañeros civiles”. Cuando Néstor regresó pasó
un año internado y el sonido de los bombardeos, los que para ella sólo existen
en su imaginación, para él resuenan en cada noche de sueños fallidos.
A diferencia de Claudia y Marta que conocieron a sus maridos después de
Malvinas, Rita acompañó a Guillermo antes de que se desatara el conflicto. Ambos
son padres de tres jóvenes de 26, 25 y 21 años. “Cuando volvió no sabía si era
real, lo observaba mientras dormía porque mis ojos no lo creían”, recordó la
mujer con la voz temblorosa.
Convivencia
“Vivir con un veterano es difícil pero también un orgullo para nuestros hijos”,
manifestó Leonida, quien contó sobre la ayuda psicológica a la cual Juan debió
acudir porque el nerviosismo que la guerra le causó casi lo induce a la locura.
“Al poco tiempo de volver era un hombre impaciente pero fue recuperándose”, y
agregó que para gran parte de las familias que conviven con un ex combatiente
“el tipo de relación es diferente”.
Para los Valenzuela los años de paz ayudaron a aplacar el dolor del alma de
Froilán, pero la angustia está latente entre sus seres queridos. Su enfermedad
fue avanzando. En el 99 se debió rehabilitar de la paralización de una de sus
piernas. Sin embargo en el 2003 quedó en silla de ruedas, luego de tanto tiempo
de arduo trabajo como comerciante.
“El es mi destino, a quien amo y respeto profundamente”, dijo su esposa. Y en
ese momento el tiempo retrocedía en los ojos de Marta. “Empezamos sin nada, hoy
puedo decir que mi marido le dio un techo digno a mis hijos”.
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