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Corrientes, 26/03/2007 - Fuente: Diario El Litoral

EL EX COMBATIENTE LIBRA LA BATALLA MAS DURA EN LA POSGUERRA
Familia y sonrisas, las armas de Froilán contra el dolor en el

Froilán ValenzuelaSu enfermedad, secuela de la guerra, se agravó considerablemente en el último año. Por un impedimento en el habla, la esposa contó su historia. La emoción lo embarga cuando recuerda lo de Malvinas y los años de olvido al final de la guerra.
Amplia sonrisa de Froilán Valenzuela en la despedida del encuentro con sus camaradas y El Litoral. Así pelea hoy por la vida.

cuerpo y en el alma

EL DATO

Froilán vive con su familia en las 100 Viviendas del barrio Fray José de la Quintana, donde el 80% de sus vecinos son ex combatientes. “El mismo terminó esta casa que nos entregaron a medio terminar. Siempre fue un trabajador, un luchador”, resalta su esposa Marta.

POR GUSTAVO LESCANO
DE LA REDACCION

La única medalla de reconocimiento público por haber combatido en Malvinas se la entregaron en un acto realizado en 1989, siete años después del final de la guerra. El brillo metálico de la distinción se disipó casi de inmediato entre las tinieblas del olvido, y la batalla diaria continuó siendo intensa, como en toda la posguerra. Empero con el correr del tiempo se hizo más ardua y complicada.
El ex combatiente Froilán Valenzuela enfrenta hoy un considerable avance de su enfermedad, secuela de la guerra, que le impide caminar y hablar; pero resiste con la valentía que alimenta el invalorable apoyo de su familia y amigos.
En vísperas de cumplirse 25 años del conflicto bélico, la emoción lo invade cuando observa llegar a los ex combatientes que lo visitan en su casa y apenas contiene las lágrimas cuando se habla de Malvinas. Está en su silla de ruedas frente al televisor sintonizado en las “Mañanas Informales” de Jorge Guinzburg, que le hace brotar una sonrisa amplia a cada rato y el gesto lo mantendrá al saludar a los visitantes que se van acomodando alrededor de la mesa del living.
Marta, su esposa y compañera en los años más difíciles, hablará en el reportaje con El Litoral aunque él no dejará de participar, asintiendo con la cabeza cada relato o bajando súbitamente la mirada para resistir el llanto cuando se habla del dolor y el olvido de la posguerra.
“Llevamos 14 años de casados pero nos conocemos desde hace 20, porque la hermana de él era muy amiga mía y en el ‘87 comenzamos a salir”, cuenta Marta en el inicio de la charla en que desplegará su verborragia, con mucha bronca pero en mayor medida con la firmeza y fundamentación de sus expresiones que le imprime la experiencia de acompañar a Froilán en los tiempos más duros.
“Los padres de él me contaron que al poco tiempo de regresar de la guerra se enfermó y estuvo en silla de ruedas. Después se recuperó hasta que en el ‘99 se agravó su enfermedad”, indica la mujer mientras no deja de mirar a su esposo.
Una de las cosas que le comentó el ex combatiente a su esposa fue que “durante la guerra sufrió muchas necesidades, no tenían abrigo para enfrentar ese frío y si se mojaba la ropa se tenía que secar puesta. También me dijo que usaba su orín para descongelarse las piernas”. Froilán la miraba directo a los ojos y confirmaba con un gesto el relato de Marta. Pero cuando contaba sobre esos momentos en que veía a sus compañeros caer en combate, su rostro se transformaba, bajaba la cabeza y murmuraba, como reflejo del dolor y la impotencia que siente.
Entonces, ella reflexiona sobre las vísperas de los 2 de abril, “una fecha que despierta la sensibilidad, porque ellos no están bien reconocidos. Al contrario se los critica porque piden más ayuda”, afirma para después insistir con énfasis en que “hay que reconocerlos como corresponde: ellos pelearon por nosotros, por mi, por vos, por él; por todos”.
“Pero no es todo dinero, como se piensa. En el ‘99 se enfermó y el medicamento costaba 2.500 pesos (hoy está en los 4.000 por mes) cuando la pensión apenas era de 400 pesos. Entonces qué hacés”, plantea con los ojos enfurecidos. Las peripecias de la obra social se superaron “gracias a que tiene cobertura con la de los empleados de comercio, porque él trabajó en ese rubro después de Malvinas”, explica.
La voz de Marta resuena en la casa cuando afirma que “me molesta la inequidad”. Entonces pregunta: “Por qué un contador, un docente, puede aspirar a tener un buen sueldo, y ellos no, con todo lo que hicieron”, dice para de inmediato sentenciar que “así como fuimos a apoyarlos cuando fueron a Malvinas, también tendríamos que protestar para que se les reconozca”.
Con ese empuje que Marta muestra en sus palabras, Froilán sigue peleando por la vida, sostenido por ella y sus dos hijos, Claudio, de 12 años, y Luz, de cinco. Así lucha contra la esclerosis múltiple y el olvido, siempre con sus dos principales armas: la familia y las sonrisas, como aquellas que le ganaron a las lágrimas de dolor cuando miraba la tele o como respuesta a las cargadas de sus amigos sobre River, equipo del que es fanático.
Sonriente, aferrado a la vida, así se lo vio a Froilán en la despedida, pese a las graves dificultades y a la “inequidad” de la que habló su esposa.

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